Rabietas, rabietas, rabietas

family_holding_hands-800x533Muchos padres, madres y educadores me preguntan ¿qué hago cuando presenta una rabieta? Llantos gritos,golpes, y escasez de entendimiento verbal y racional caracterizan esta conducta, y se manifiesta en todas las edades de la vida….si, inclusive en adultos/as.

Lo primero que tenemos que saber  es que estos comportamientos por producto del desborde y del descontrol, son frustraciones mal gestionadas por el adulto a cargo y que fueron posibles de apaciguar en estadios menos explosivos. Lo ideal es conseguir que ellos y ellas no lleguen a esos niveles altos, manteniendo la calma cuando vemos que se viene la tormenta e intentado distraerlo/a del camino recto que conlleva directo a la frustración y la explosión: cosas como aplazar el tema, proponer la expresión verbal de razones, si son pequeños mover la atención hacia otra parte, etc. ayudan. Nunca intentes contenerlo físicamente, ni grites más que él, ni le digas “tranquilízate”…está probado que es como echar más leña al fuego, sólo incrementa su desazón.

Cuando los niños/as son pequeños/as, este tipo de explosiones se presentan cuando no se sienten escuchados, cuando sienten que sus frustraciones no son manejadas y asumidas por el adulto a cargo. Son pequeños y no saben manejar lo que sienten y las emociones los desbordan. Pero si eso no es controlado de pequeños, estaremos criando un niño o niña que utilice este tipo de comportamiento para atraer la atención que de otro modo le es negada o que consigue así que se escuchen sus reivindicaciones, o conseguir lo que quiere ( ya hablamos en un post anterior que en muchos casos la palabra de los adultos depende de su estado de ánimo, no constituyendo una garantía de límites y de protección, gestionando de manera ineficaz, irrespetuosa con los sentimientos de los niños e ineficiente, la canalización emocional de la frustración)

Qué hacer si a pesar de nuestros esfuerzos, se presenta la explosión? Primero, entendamos que esto es producto de una mala gestión de ambas partes; del adulto por no verlo y/o no saber gestionarlo ( por que estamos cansados, porque estoy ocupada en otra cosa, porque no parecía que llegaría a tanto….) y del niño/a, pero él/ella es quien no tiene herramientas para gestionarlo por sí solo/a, y es necesario enseñárselas. No hay culpables, y desde luego no es el niño. Ésto que parece obvio, no lo es, y es una idea que debemos de tener para afrontar la situación de la mejor manera, es decir, aprendiendo de ella.

En este caso, hay tres palabras clave: empatizar, reflejar y acompañar

Empatiza. Mira de dónde viene la frustración, qué sucedió antes de la explosión y cómo se está sintiendo el niño o la niña. En muchos casos la situación nos deborda ( ¡a nosotros/as!) y atendemos más a cómo nos sentimos nosotros y nosotras antes que ellos/as, lo cual es un mal enfoque porque sólo complica la situación. Los niños necesitan saber que tú controlas la situación. Y controlarla no quiere decir que sabes qué castigo aplicar. Controlar quiere decir que aunque lo estén haciendo de manera inadecuada, tú puedes ser un espacio de entendimiento de sus emociones a flor de piel, que salen en bruto y de manera violenta, haciéndole daño ellos primero ( si, a ellos primero….) . Siente cómo se siente el niño o la niña, no para sufrir con ellos, si no para intentar entender desde dónde puede necesitar la ayuda.

Refleja. Reflejar es poner un espejo imaginario delante de ellos/as, un espejo que les permita entender cómo están y qué les está pasando ( por favor, no es para decirles “mira qué feo/a te pones cuando lloras….” que lo he oído mucho, como si la estética en estos casos importara). Refleja en tus palabras lo que sucede ” estás enfadado porque quieres que te compre eso, pero ahora no puede ser”, “estás triste porque tu amiga no quiere jugar contigo y es normal, pero es que a veces los amigos no hacen lo que queremos”, “Te has sentido mal porque tu amigo te ha hecho daño, ¿quieres que hablemos con él?”. Siempre, siempre, una pataleta es una emoción desbordada y no manejada correctamente, el reflejar te ayudará a ti a ponerle nombre y evitar a  su vez tu desbordamiento y a los niños y las niñas les ayuda a ponerle nombre a lo que les pasa. Con el tiempo, serán capaces de venir y decirte ” estoy triste mamá”, “estoy enfadada profe, por tal y tal cosa”, “abuelo, ahora estoy cansada y creo que eso me está enfadando”. Imagínate lo fácil que será acercarse y trabajar ese sentimiento con ellos y la de berrinches que te evitarás, creciendo emocionalmente con ellos/as.

Acompaña. Los niños y niñas necesitan saber que los adultos los aceptamos aun cuando se desborden. Necesitan saber que estamos a su lado hasta que entiendan lo que les pasa y sientan otra vez su equilibrio. La táctica de “tiempo fuera” no es para usar siempre porque aunque muchos padres/madres/profes dicen que consiguen que los niños se tranquilicen, a veces lo hacen para no sentirse solos, no porque hayan entendido qué les ha pasado. Yo confieso que sólo lo he usado en situaciones donde yo sentía tan cerca mi desborde propio ( era viernes en la noche y estaba agotada, y por lo que sea sabía que de un momento a otro perdía la paciencia, o situaciones así) y nunca más de unos minutos, los necesarios para saber que mi desborde no les iba a hacer más daño. Y siempre diciéndoles que yo estaba agotada, que yo me sentía mal, que yo necesitaba unos minutos para pensar la situación. Eso hacía que ellos vieran que no era porque ellos eran malos y me estaban agotando. Nuestro desborde nunca puede hacernos perder de vista sus necesidades, y creo firmemente que la táctica de  ” tiempo fuera” muchas veces es usada para alejar el problema y que el niño/a, que es pequeño y no tiene herramientas, se tranquilice solo/a, pero que no interrumpa las cosas de adulto/a. Con el tiempo, los niños entienden que ésa es la manera de afrontar las cosas: alejarse de ellas, ya se pasarán solas.

¡VÍVELO!

Revisa tu afrontamiento de la situación frente a las pataletas de los niños. Ten a mano técnicas para tranquilizarte si las situaciones de tensión se presentan. Acostúmbrate a hablar con ellos, por muy pequeños que sean, y a explicar qué pasa, qué es lo que sienten ellos/as, y por qué tomas la decisión que tomas. Me dirás que si son muy pequeños no entienden lo que dices, y si, posiblemente no sepan tanto como para entender las palabras, pero sí notan tu tono de voz y tu tranquilidad o sosiego. Respira hondo, no reacciones a la primera. Habla despacio, la velocidad en el habla nos lleva fácilmente al grito.

Que no te afecten las miradas de desaprobación que siempre vemos cuando afrontamos una rabieta en la calle. Aleja tu atención de ello. Uno de mis hijos acostumbraba, alrededor de los 2-3 años montarme una gorda, pero gorda, cada vez que íbamos al supermercado. Quería todo y cuando le decía que no, gritaba, quería salir del carro, lloraba. Y yo sólo le repetía lo mismo cada vez “No cariño, no vamos a comprar eso. Estás enfadado, porque por mucho que te enfades, no lo vamos a comprar”.  No alteraba la voz ni la levantaba, le sonreía siempre ( a veces era difícil, no lo niego). Mi hija mayor, al lado, miraba a su hermano con preocupación de mi mano, y yo le explicaba que estaba enfadado, que era normal, porque como era pequeño quería todo y no sabía decirlo bien, pero que seguro, seguro, luego se iba a sentir mejor. En cuanto él se mostraba contento, lo abrazaba y le felicitaba. Evitaba prestar atención a las miradas de desaprobación de la gente alrededor, que seguramente querían comprar tranquilos. Me decían ¿pero porqué lo llevas al supermercado si sabes que va a pasar eso?, y yo les decía que el niño necesitaba aprender a ir a todos sitios, a aceptar que no siempre se va a hacer lo que él quiere, y comunicar correctamente las cosas. Al cabo de un tiempo, él iba al supermercado conmigo o no solo ya no pedía cosas, si no que ayudaba contento a encontrar lo que íbamos a comprar.

A veces evitamos el desborde sólo con estar atentos a los indicios de que se avecina la tormenta. Actúa sobre ellos, intenta evitar el desborde, no es agradable y es desolador para un niño, con la carga de emociones dolorosas y de soledad que conlleva eso. Distráelo, cuéntale un cuento, acércate y no lo dejes solo, acompaña su tensión.

Si aún  así pasa, céntrate en sus sentimientos, y sólo atiende a los tuyos si les pueden hacer daño en medio de todo esto. Una vez, mi hijo mediano me pregunta ” mamá ¿tú eres impaciente?”. Me asombró la pregunta (la verdad es que la paciencia no es precisamente una de mis virtudes). “Si, le digo, soy impaciente, ¿por?”, “Porque en los últimos cinco minutos, me has dicho “¡venga, vamos, vamos!” unas 20 veces, mamá”. El había entendido que cuando yo estaba impaciente le metía más prisa de la necesaria, pero que eso no quería decir que él fuera lento, es que yo veía las cosas especialmente lentas cuando estaba cansada o impaciente. Había aprendido que en una situación de conflicto, podía centrarse en mis sentimientos porque es lo que me había visto hacer con él cuando estaba enfadado, o cansado, o agobiado.

Empatizar, reflejar y acompañar no solamente nos asegura una mejor gestión del desborde, si no que nos enseña y les enseñamos a gestionar  enfados y conflictos a futuro, a poner nombre a lo que pasa, a minimizar la frustración y a poder manejarla. Porque nos guste  o no, las frustraciones estarán presentes en sus vidas, y esperemos que sean para crecer.

 

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